Si la fotografía surge como una técnica para registrar fielmente una imagen, no es en su origen un acto artístico.

Sin embargo, el nacimiento de la fotografía se produce en un momento en que el Arte se desliga de la fiel interpretación de una imagen, y le permite tomar el testigo de la Academia.

Se dota a la fotografía de las mismas reglas rígidas que paralizaron la Pintura y se convierte en un sucedáneo del dibujo. Pero el salto dado ya no tiene vuelta atrás: Existe un área de la fotografía con la vocación artística como razón de ser.

El avance tecnológico de la fotografía con los nuevos soportes, las cámaras reducidas, el color, las fotos instantáneas, y finalmente las técnicas digitales, etc. permite el acercamiento de los equipos fotográficos al gran público, sin necesidad de unos grandes requerimientos de las técnicas involucradas. Esto puede ser fantástico para la mayoría de ese público que desea una fotografía como simple imagen de recuerdo.

Pero estamos hablando de fotografía con intereses artísticos. Para poder conseguir una obra de arte de una fotografía, hay que ser un artista: Académico, rompedor, genial, innato o de sólida formación… da igual. Pero sin duda se tiene que saber qué resultado se desea obtener y su finalidad.

No pienso que la fotografía artística deba estar circunscrita por un conjunto de reglas rígidas y formalistas. Más bien opino todo lo contrario,… creo que el artista está autorizado para utilizar todos los medios que considere necesarios para la conseguir el expresar sus intenciones y emociones. Siempre siguiendo un plan: su plan.

La aparición de las cámaras digitales, nos ha permitido ver la proliferación de auténticos horrores, de escabechinas fotográficas, donde parece que sus perpetradores, armados con un kit de plugins y un fajo de osadía bajo el monitor se dedican a probar los múltiples valores del parámetro ignoto.

Así, partiendo de una imagen anodina y fielmente retratada por una cámara, aplicando una tras otras complicadas transformaciones matemáticas cuyo significado no alcanza -ni lo pretende- el neoartista, prueba, prueba, y prueba hasta que por fin encuentra esa combinación irrepetible y única que le permite crear su obra visionaria y con ello exponer su alma al público.

Con ello se colmarán las insatisfechas ansias artísticas de estos Maestros de la aleatoriedad, pero no creo que sea una sincera manifestación de la libertad artística.